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Un joven regresa a su pueblo natal después de años de ausencia. Acaba de enterarse de la muerte de su hermano Andrés. "¿Qué pasó, Abel?", le pregunta a su padre. "Andrés se pegó un tiro", responde él. "La verdad, no puedo decir si fue por el viejo o por Andrés", admite el narrador, pero lo cierto es...
Un joven regresa a su pueblo natal después de años de ausencia. Acaba de enterarse de la muerte de su hermano Andrés. "¿Qué pasó, Abel?", le pregunta a su padre. "Andrés se pegó un tiro", responde él. "La verdad, no puedo decir si fue por el viejo o por Andrés", admite el narrador, pero lo cierto es que decide volver: por su padre, por su hermano recién muerto, por los duraznos, los carteles y también por el río. Al llegar lo espera su padre, junto a otros dos viejos amigos. Los tres habitan un tiempo suspendido, compuesto de borracheras y mates interminables en un pequeño pueblo a orillas del Paraná, en el que las fotografías en el interior de las casas no se renuevan, como si ya no hubiera nuevas historias para contar y recordar. Ezequiel Pérez construye así una infancia definida por el territorio y por la muerte: "Una de las primeras palabras que aprendimos a decir fue hectárea", recuerda el narrador, y pocas líneas después: "La segunda palabra que aprendimos de chicos: féretro". Entre esas dos palabras transcurre toda la novela; la tierra que da de comer es la misma que espera para enterrar, y ningún regreso a casa puede separarse del todo de la muerte que lo motiva. Hay, además, muertos que no mueren como corresponde. Esas muertes, privadas de sus ceremonias, terminan impregnando al pueblo hasta volverse parte de su paisaje. Con un estilo austero y sugerente, Ezequiel Pérez construye una atmósfera asfixiante, con el río como único testigo memorioso. Hay que llegar a las casas, su primera novela hoy ya ampliamente reconocida, se ha convertido en un libro ineludible de la literatura argentina contemporánea.
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